viernes, 18 de noviembre de 2016

PIEDRAS PRECIOSAS

Bienaventurado el hombre que halla la sabiduría, y que obtiene la inteligencia; porque su ganancia es mejor que la ganancia de la plata, y sus frutos más que el oro fino. Más preciosa es que las piedras preciosas.
Proverbios 3:13-15
 
 
A veces una tempestad o un terremoto, en sentido figurado, pueden ser necesarios para abrirnos los ojos en cuanto a la verdadera felicidad.
En el verano de 1831, un tornado arrancó de raíz un árbol gigantesco en los montes Urales, en Rusia. La mañana siguiente encontraron unas magníficas piedras verdes bajo sus raíces. Un nuevo yacimiento de esmeraldas acababa de salir a la luz.
Después de un vasto deslizamiento de tierras en la vertiente india del Himalaya, pequeñas piedras azules brillaron bajo la puesta del sol. Eran los zafiros de Cachemira.
Quizás en su vida también haya una tormenta o sucedió un terremoto. Y usted pregunta: Oh, Dios, ¿por qué me ocurre esto? Tal vez esté pasando por una enfermedad, un duelo, preocupaciones, decepciones o grandes tristezas. Sin embargo, su situación puede llevarle a descubrir el mayor tesoro posible.
Dios quiere abrir los ojos de cada uno de nosotros para mostrarnos la Persona de la que hablan las Santas Escrituras: Jesucristo. Aceptarlo por la fe como nuestro Salvador, conocer “las inescrutables riquezas de Cristo” (Efesios 3:8), es la mayor felicidad que podemos tener.
“Bueno me es haber sido humillado, para que aprenda tus estatutos. Mejor me es la ley de tu boca que millares de oro y plata” (Salmo 119:71-72).

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

jueves, 17 de noviembre de 2016

USTED QUE BUSCA A DIOS

Porque tú eres grande, y hacedor de maravillas; solo tú eres Dios. Enséñame, oh Señor, tu camino; caminaré yo en tu verdad; afirma mi corazón para que tema tu nombre. Te alabaré, oh Señor Dios mío, con todo mi corazón.
Salmos 86:10-12
 
 
Si no sabe cómo ponerse en contacto con Dios, confíe en él, pues él le ayudará. Jesús dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6:37). En realidad, él lo está esperando desde hace mucho tiempo.
Si está cansado, si se siente agobiado por las dificultades de la vida, Jesús le dice: “Venid a mí... y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).
Si está desanimado, si su vida no tiene sentido, Dios tiene proyectos de felicidad para usted, para darle un futuro y una esperanza (Jeremías 29:11).
Háblele sencillamente, por medio de una oración sincera, de sus angustias, de sus miedos, de sus problemas o de sus remordimientos. Cuéntele su deseo de encontrarlo. Jesús dijo: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7).
Aprenderá a conocer a Jesús, quien dio su vida por usted (Juan 3:16; 10:11). Podrá apropiarse de esta declaración que llena de felicidad el corazón de todo cristiano: “El Hijo de Dios... me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).
Lea la Biblia, esta Palabra viva que tiene el poder para salvarnos (Santiago 1:21).
Busque la compañía de cristianos para que pueda ser confortado por la fe de otros, una fe que nos es común (Romanos 1:12; 2 Pedro 1:1).
“Buscad al Señor mientras puede ser hallado, llamadle en tanto que está cercano” (Isaías 55:6).
“Buscadme, y viviréis” (Amós 5:4).

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

miércoles, 16 de noviembre de 2016

DIOS NOS ESCUCHA

Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.

Filipenses 4:6

Estad siempre gozosos.

1 Tesalonicenses 5:16

A veces decimos que la oración es la respiración del alma. Sin la respiración, el cuerpo muere; no orar significa rechazar ese diálogo que puedo tener con Dios a cada instante.
¡Entonces oremos! La palabra “oración” aparece muchas veces en la Biblia para invitarnos a utilizar este magnífico medio que Dios pone a nuestro alcance. “Perseverad en la oración” (Colosenses 4:2). “Sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración” (Filipenses 4:6). No lo dudemos, Dios escucha, Dios actúa, y si bien no cambia el curso de nuestra vida, nos da su paz que guarda el corazón y los pensamientos.
Además, ¡supliquemos a Dios! De ningún modo lo molestamos con nuestras oraciones. Al contrario, le mostramos que somos conscientes de nuestra debilidad y de su poder, de su amor y de la importancia que tiene para nosotros. La súplica es la oración ferviente de aquel que sabe que la mejor solución es dirigirse a Dios. Aprovechemos, pues, constantemente esta relación excepcional que la oración establece entre Dios y nosotros.
¡Y demos gracias! ¡Tenemos tantos motivos para hacerlo! No solo los grandes acontecimientos de mi vida me invitan a dar gracias a Dios, sino también las cosas pequeñas que parecen normales y que sin embargo no todos las tienen. ¡Agradezcamos a Dios por todas sus bendiciones! Démosle gracias, sobre todo, porque nos dio al Señor Jesús. Por medio de él ahora podemos conocerlo como un Padre bueno y dirigirnos a él con confianza.

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martes, 15 de noviembre de 2016

MI ABUELA ME DIJO...

(El apóstol Pablo dijo a Timoteo:) Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela... y en tu madre.
2 Timoteo 1:5
Contando a la generación venidera las alabanzas del Señor, y su potencia, y las maravillas que hizo.
Salmos 78:4
 
 
La oficina de la Misión de los marineros, en Seward, es una estación muy apreciada por el personal de los barcos transatlánticos que atracan en ese puerto de Alaska. Todo marinero, sea cual sea su nacionalidad, encuentra en ese lugar una calurosa bienvenida, descanso, la posibilidad de llamar por teléfono o de enviar un correo a los suyos. Hay Biblias y literatura cristiana en muchos idiomas y dialectos. Para algunos es el primer contacto con la Palabra de Dios, para otros es un regreso al pasado.
Cierto día un marinero, maravillado ante una exposición de Biblias, las observaba una y otra vez, hasta que al fin escogió una Biblia polaca para niños. Empezó a leerla con interés. «Mi abuela siempre me leía historias de esta Biblia ilustrada», me dijo. Al ver su expresión, comprendimos que hablaba de tiempos muy lejanos...
Frecuentemente los colaboradores de la Misión se sorprenden al oír a los marineros hacer referencia a la fe de su madre o de su abuela. Manifiestan cuánto influenciaron ellas sus vidas por su amor y su relación con Dios.
Se comprobó que en Rusia la fe sobrevivió principalmente gracias a las abuelas que guardaron viva la llama de la fe durante los siete decenios de prohibición.
Con valentía y amor, ellas enseñaron a sus nietos la verdad sobre Dios.
Abuelas, madres y hermanas: Sigan sin cansarse enseñando a sus niños lo que concierne al Señor Jesús.

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lunes, 14 de noviembre de 2016

LOS "NUNCA MÁS..."


Nunca más confesaré "no puedo", porque "Todo lo puedo en Cristo que me fortalece". (Filipenses 4:13)

Nunca más confesaré pobreza, porque "Mi Dios suplirá todo lo que me falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús". (Filipenses 4:19)

Nunca más confesaré temor, porque "Dios no me ha dado el espíritu de cobardía, si no de poder, de amor, y de dominio propio". (2 Timoteo 1:7)

Nunca más confesaré duda y falta de fe, porqué "Dios ha dado a todas sus criaturas la medida de fe". (Romanos 12:3)

Nunca más confesaré debilidad, porque "Jehová es la fortaleza de mi vida". (Salmo 27:1), y "El pueblo que conoce a su Dios se esforzará y actuará". (Daniel 12:32)

Nunca más confesaré que Satanás gobierna mi vida, "porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo". (1 Juan 4:4)

Nunca más confesaré derrota, porque "Dios siempre me lleva en triunfo en Cristo Jesús". (2 Corintios 2: 14)

Nunca más confesaré falta de entendimiento, porque "Dios ha hecho también que Cristo sea nuestra sabiduría". (1 Corintios 1:30)

Nunca más confesaré enfermedad, porque "por su llaga fui curado" (Isaías 53: 5), y Jesús "mismo tomó mis enfermedades y llevó mis dolencias" (Mateo 8:17)

Nunca más confesaré pesares y frustraciones, porque estoy "echando toda mi ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de mí" (1 Pedro 5:7). Con Cristo estoy libre de preocupaciones.

Nunca más confesaré esclavitud, "porque el Señor es el espíritu; y donde está el espíritu del Señor allí hay libertad" (2 Corintios 3:17). ¡Mi cuerpo es el templo del Espíritu Santo!

Nunca más confesaré condenación, porque "no existe la condenación para aquellos que están en Cristo" (Romanos 8:1). Yo estoy en Cristo; por lo tanto, estoy libre de condenación.

LA PAZ DE LOS HOMBRES Y LA PAZ DE DIOS

No conocieron camino de paz.
Romanos 3:17
Vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos, y a los que estaban cerca.
Efesios 2:13-14, 17
 
 
El autor del Salmo 120 escribió: “Yo soy pacífico; mas ellos, así que hablo, me hacen guerra” (v. 7). Así era el mundo en el pasado, y así es hoy. Nuestra época, que presume de sus progresos, en varias partes del mundo vive guerras, revoluciones y luchas internas. A menudo los esfuerzos individuales y colectivos para instaurar la paz son ineficaces y, en el mejor de los casos, sólo tienen un efecto momentáneo.
Sin embargo existe otra paz que tiene mucha más importancia: la paz con Dios, que también es la paz de Dios. Ésta no descansa en un frágil compromiso, que sólo le daría una duración pasajera, sino sobre un fundamento sólido: la obra de Cristo en la cruz. Jesús, único mediador entre Dios y los hombres, respondió a la vez a las exigencias de la justicia divina y a nuestra condición de pecadores. “Él es nuestra paz” (Efesios 2:14), él ha “hecho la paz por medio de la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20, V. M.). Es una paz que Dios ofrece generosamente a todos los hombres, pues él es “el Dios de paz” (Romanos 16:20). Esta paz no depende de nosotros; Dios no nos la da debido a nuestros propios méritos, sino en virtud del sacrificio de Cristo.
¿Tiene usted esta paz? ¿Solucionó con Dios la cuestión de sus pecados? Éstos son como una deuda que tenemos con Dios y que no podemos pagar por nosotros mismos, pero Dios la paga en lugar de todos los que reconocen que son insolventes y creen simplemente en el sacrificio de Jesús.

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

domingo, 13 de noviembre de 2016

LA LEY DEL ESPÍRITU DE VIDA


Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Romanos 6:11
La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.
Romanos 8:2

Para los creyentes nuevos

Ustedes han creído en el Señor Jesús, se volvieron a él y le confesaron sus pecados. Lo aceptaron como Señor de sus vidas. Saben que Dios les perdonó todos sus pecados, sin embargo siguen siendo atraídos por ciertos pecados. ¡No se desanimen! La salvación no se limita al perdón de los pecados, también engloba la liberación del poder del pecado. ¿Cómo Dios nos libera del poder del pecado?
–Nos enseña que “morimos con Cristo” (Romanos 6:8), que estamos muertos al pecado (6:2). Un muerto ya no puede ser tentado. Por lo tanto, si una tentación me asedia, puedo responder: «Soy muerto», no tengo interés en esa propuesta. Mi nueva vida tiene otros alimentos muy valiosos.
De hecho, en sí misma esta vida nueva no tiene fuerza, pero Dios la coloca bajo una ley más poderosa, “la ley del Espíritu de vida”. La ley del pecado sigue estando presente, pero la ley del Espíritu de vida es más poderosa.
Si usted cree que puede actuar por sus propias fuerzas, si deja de depender del Señor, está en gran peligro de caer en el mal (Proverbios 16:18). Pero si vive por el Espíritu, unido siempre al Señor en pensamiento, saldrá victorioso y no cumplirá los deseos de la carne (Gálatas 5:16). Lo que lo libera no es lo que usted hace, sino el hecho de estar unido a Jesucristo, resucitado de entre los muertos, su poderoso liberador (Romanos 7:24-25), mediante el Espíritu Santo que habita y actúa en usted.

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)