sábado, 23 de febrero de 2013

LA ORACION LIBERA PODER DIVINO

Por más de tres semanas estuvo buscando empleo. Una verdadera maratón que comenzó veinticuatro horas después de que lo desvincularan laboralmente. Estaba literalmente destrozado y sin esperanzas. Todos los lugares a los que iba parecían reunir un común denominador: le cerraban las puertas. En toda parte le decían que no había vacantes.
Y él estaba allí, desesperado, con varias cuotas del apartamento por cancelar, la colegiatura de sus dos hijos sin cancelar, y ni siquiera un poco de arroz para poner a cocer en la olla.
Fue el desasosiego y no otra cosa lo que le llevó a orar a Dios. Le pidió su ayuda. Volcó todo lo que tenía en el corazón. En un momento del clamor hasta las lágrimas saltaron a sus ojos. Pero al día siguiente, todo era diferente. Entregó más copias de su hoja de vida con confianza. Y la respuesta llegó. ¡Dios hizo el milagro en respuesta a su oración!
El poder divino que libera la oración
La oración tiene poder, desata el poder, nos lleva a movernos en la dimensión del poder. Cuando vamos al Señor en oración, Él responde. Es algo que está intrínsecamente ligado a nuestra disposición de corazón.
El Señor Jesús enseñó que aquello que pidiéramos y ordenáramos desde el plano físico, se daría en el plano espiritual y viceversa, cuando dijo: “Les digo la verdad, todo lo que prohíban en la tierra será prohibido en el cielo, y todo lo que permitan  en la tierra será permitido en el cielo.”(Mateo 18:18. Nueva Traducción Viviente)
No hay límites. Los límites los ponemos nosotros. ¿De qué manera? A través de la incredulidad. La duda levanta a nuestro alrededor una enorme barrera que es difícil de derribar, a menos que con corazón sincero volvamos la mirada al Señor. Él hará posible lo imposible.
El principio esencial de la unidad
Hay dos maneras de orar: una de manera individual, que es cuando vamos a la Presencia del Señor pidiendo algo, y la otra, cuando nos unimos varios creyentes para solicitar la intervención de Dios en un asunto específico.
Es un principio del Reino de Dios que reviste mucha importancia, como enseñó Jesús, nuestro amado Salvador: “También les digo lo siguiente: si dos de ustedes se ponen de acuerdo aquí en la tierra con respecto a cualquier cosa que pidan, mi Padre que está en el cielo la hará.”(Mateo 18:19. Nueva Traducción Viviente)
Cuando hay unidad, el poder de Dios se mueve y más cuando hay una característica especial: cuando oramos por la liberación del poder divino para que lo humanamente imposible se haga posible. Si comprendemos este fundamento, nuestra vida de oración experimentará un vuelco dramático pero transformador.
Dios acompaña nuestro clamor
Al principio de la unidad hay que sumar otro más: la permanencia en Dios. Sabemos que el Poderoso Señor en el que hemos creído está con nosotros, y cuando esa conciencia gobierna todo nuestro ser, las barreras caen al suelo.
El amado Salvador lo dejó claro cuando instruyó: “Pues donde se reúnen dos o tres en mi nombre, yo estoy allí entre ellos.”(Mateo 18:20. Nueva Traducción Viviente)
Estar reunidos en el nombre de Dios. He ahí el secreto. No congregarnos para mostrar las enormes capacidades y talentos de uno u otro líder, sino para que el Señor sea exaltado. Y cuando eso ocurre, se desencadena una atmósfera de milagros y poder que sin duda hemos experimentado muchas veces cuando estamos moviéndonos en la dimensión sobrenatural de Dios.
El autor cristiano, Myles Munroe, lo describe de la siguiente manera: “Cuando se trata de cosas en la dimensión terrenal, el cielo actúa conforme a lo que hacemos. El cielo ata lo que nosotros atamos y desata lo que nosotros desatamos… Si queremos que Dios continúe interfiriendo, debemos seguir orando. La oración es un asunto serio. Cuando oramos nos comunicamos con un gobierno divino del cual somos embajadores.”(Myles Munroe, “Redescubra el Reino”. Editorial Peniel. Buenos Aires, Argentina. Pg. 58)
Tres elementos que hemos visto hoy y que revisten singular importancia para que nuestras oraciones toquen el corazón de Dios y desde Su presencia, se liberen milagros, los mismos que hemos venido necesitando.
A propósito, ¿ya recibió al Señor Jesús? Hoy es el día para que tome esa decisión trascendental. Recuerde que tomados de Su mano poderosa, emprendemos el maravilloso camino hacia el crecimiento personal y espiritual. Ábrale hoy las puertas de su corazón a Jesucristo y permítale que Él haga de usted, la persona que Él desea que usted sea.
© Fernando Alexis Jiménez

JESUCRISTO Y LOS DEMAS



Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas.
1 Pedro 2:21


Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas.
Santiago 2:1
En la casa de Cornelio, el apóstol Pedro pronunció un discurso acerca de Jesús.  “En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación se agrada del que le teme y hace justicia… Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan: cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos 10:34-35, 37-38).
Pensemos en la actitud de Jesús hacia los hombres y las mujeres de su época.  No despreció ni rechazó a nadie.  Todo lo contrario, fue a contracorriente de las costumbres, dando importancia a los que la sociedad menospreciaba y acogiendo a los que rechazaba.
Recibía con los brazos abiertos a los niños (Marcos 10:16).  Permitió que los leprosos se acercasen a él (Mateo 8:2-4); a una mujer culpable le permitió ungirle con perfume y besarle sus pies (Lucas 7:36-50).  Mostró gran solicitud hacia los pobres y hambrientos, quienes estaban más abiertos al mensaje del Evangelio que muchos otros.
En su ministerio tan variado, Jesús siempre manifestó una gran compasión por los seres humanos, pues los amaba.  Fue el Buen Pastor que vino a las zonas inhóspitas, desafiando peligros, para buscar y salvar la oveja perdida (Lucas 15:3-7).  Fue aún más lejos, pues dio su vida en la cruz por cada uno de los que creen en él (Juan 10:11).

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

viernes, 22 de febrero de 2013

Señor, ¡respóndeme! (Salmo 86)



Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.
Salmo 46:1


Clamaré al Dios Altísimo, al Dios que me favorece.
Salmo 57:2

“Inclina, oh Señor, tu oído, y escúchame, porque estoy afligido y menesteroso.  Guarda mi alma, porque soy piadoso; salva tú, oh Dios mío, a tu siervo que en ti confía.  Ten misericordia de mí, oh Señor; porque a ti clamo todo el día.  Alegra el alma de tu siervo, porque a ti, oh Señor, levanto mi alma.  Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, y grande en misericordia para con todos los que te invocan.  Escucha, oh Señor, mi oración, y está atento a la voz de mis ruegos.  En el día de mi angustia te llamaré, porque tú me respondes.  Oh Señor, ninguno hay como tú entre los dioses, ni obras que igualen tus obras.  Todas las naciones que hiciste vendrán y adorarán delante de ti, Señor, y glorificarán tu nombre.  Porque tú eres grande, y hacedor de maravillas; sólo tú eres Dios.  Enséñame, oh Señor, tu camino; caminaré yo en tu verdad; afirma mi corazón para que tema tu nombre.  Te alabaré, oh Señor Dios mío, con todo mi corazón, y glorificaré tu nombre para siempre. Porque tu misericordia es grande para conmigo, y has librado mi alma de las profundidades del Seol.  Oh Dios, los soberbios se levantaron contra mí, y conspiración de violentos ha buscado mi vida, y no te pusieron delante de sí.  Mas tú, Señor, Dios misericordioso y clemente, lento para la ira, y grande en misericordia y verdad, mírame, y ten misericordia de mí; da tu poder a tu siervo, y guarda al hijo de tu sierva.  Haz conmigo señal para bien, y véanla los que me aborrecen, y sean avergonzados; porque tú, Señor, me ayudaste y me consolaste.”

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

jueves, 21 de febrero de 2013

PASAPORTE PARA LA TRANQUILIDAD



Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado.  Confiad en el Señor perpetuamente.
Isaías 26:3-4


Si él diere reposo, ¿quién inquietará?
Job 34:29
El ayuntamiento en donde vivo distribuyó a todos los habitantes un folleto titulado: «Pasaporte para la tranquilidad».  En él se daban consejos en caso de calentamiento, incendio e incluso de agresión, al igual que sencillos consejos para prevenir robos en las viviendas, en los autos, etc.  Ese folleto, muy útil en su momento, cita tantos temas de inquietud que nos gustaría no tener que utilizarlo nunca.
Deseo proponerle otro «pasaporte para la tranquilidad», el cual muchos cristianos han puesto a prueba.  Ese documento expedido por Dios mismo ofrece su perdón.  Lo da a todos los que lo aceptan por la fe y depositan su confianza en Jesucristo.  ¿Es su caso? Si es así, él se hace cargo totalmente de usted.  “No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú… No temas, porque yo estoy contigo” (Isaías 43:1, 5).
¿Cómo podríamos estar inquietos si experimentamos realmente esas promesas del Dios soberano que nos ama y desea ocuparse de nosotros? No hay ningún detalle de nuestra vida que le sea indiferente.  Nos invita a contarle todo lo que nos preocupa: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.  Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús” (Filipenses 4:6-7).
Escuchemos su voz, que nos dice: “Guarda silencio ante el Señor, y espera en él” (Salmo 37:7).

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

miércoles, 20 de febrero de 2013

¿CREER EN EL HOMBRE?



Así ha dicho el Señor: Maldito el varón que confía en el hombre… y su corazón se aparta del Señor.
Jeremías 17:5


(Jesús dijo): Tened fe en Dios.
Marcos 11:22


Creéis en Dios, creed también en mí.
Juan 14:1

Un hombre célebre pretendía ser «un incorregible optimista que guarda la fe en el hombre, fe en su capacidad para evolucionar, para volverse mejor».  Después del siglo 20, que alcanzó un triste récord: la mayor cantidad de conflictos mundiales de la historia, ¿el siglo 21 será al fin un siglo en el que el mundo se dirigirá hacia la paz? ¿Todos los hombres compartirán sus riquezas y ayudarán así a los más necesitados? ¿Pronto todos los niños podrán alimentarse, vestirse, ir a la escuela y sentirse protegidos? ¿El mundo desbordará de compasión por todos los que sufren?
Escuchar y leer las noticias no nos da ninguna seguridad respecto al tema. Y sobre todo, ¿qué dice la Palabra de Dios? “También debes saber esto: que en los postreros días vendrán tiempos peligrosos.  Porque habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos…” (2 Timoteo 3:1-2). Y también: “Oiréis de guerras y rumores de guerras… Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares” (Mateo 24:6-7).
Entonces la única razón para ser optimista es creer en el Hombre Jesucristo, el único hombre que hizo el bien hasta dar su vida para quitar los pecados.  Dio la prueba de que es el Hijo de Dios.  Ahora, vivo y resucitado, da la vida eterna y colma de amor y esperanza a todo el que cree en él.  También quiere hacerlo para usted, si confía en él.

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)