Bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
Es consciente ante Dios de su pobreza y vulnerabilidad espirituales. No busca valerse de ningún tipo de justicia propia.
Sabe llorar sobre sus propias faltas. Su comportamiento está lleno de dulzura y humildad.
Busca fervientemente lo que es justo a los ojos de Dios. Es conciliador y misericordioso con su prójimo.
En su corazón cultiva la pureza y vive íntegramente. Es más bien artesano de la paz y no creador de problemas en sus contactos con los que le rodean.
Sabe aceptar la injusticia más flagrante y la persecución más injusta cometidas contra él, a causa de su fe en la verdad.
Una persona así, según Jesucristo, forma parte de las personas más felices de la tierra, porque su felicidad interior no depende de las circunstancias exteriores».