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sábado, 19 de octubre de 2013

¡PUEDE VENIR ESTA NOCHE!



Porque el Señor mismo con voz de mando… descenderá del cielo.
1 Tesalonicenses 4:16


(Jesús dice:) Ciertamente vengo en breve.
Apocalipsis 22:20

Aunque durante largo tiempo había sufrido mucho debido a una dura enfermedad, este anciano creyente había permanecido apacible y confiado en Dios su salvador. Estaba hospitalizado y le acababan de amputar un pie, pero testificaba de su fe en su Señor, a quien esperaba cada día. –¡Puede venir esta noche!, decía.
¿Cómo puede un creyente tener la seguridad de que Jesucristo regresará pronto? Leyendo en la Biblia y creyendo lo que Jesús mismo prometió a los suyos: “Vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:3). Ese regreso sucederá “en un abrir y cerrar de ojos” (1 Corintios 15:52). No ha dado ninguna fecha, por eso el cristiano espera constantemente a Aquel que repite en el libro del Apocalipsis: “Ciertamente vengo en breve” (3:11, 22:7, 12, 20).
La venida del Señor Jesús para llevar al cielo a los que creen en él pondrá fin al período actual de la gracia que dura desde hace casi 2.000 años. Durante ese tiempo se está formando la Iglesia del Señor, compuesta por todos los cristianos nacidos de nuevo por la fe en Jesucristo. Todos participarán, con cuerpos glorificados, en esa gran salida hacia el cielo. Los muertos en Cristo serán resucitados, y los creyentes que aún estén vivos en la tierra serán transformados (1 Tesalonicenses 4:16-17).
Si el Señor viene esta noche, ¿formará usted parte de los que serán llevados a su encuentro? “Mi alma espera al Señor más que los centinelas a la mañana, más que los vigilantes a la mañana” (Salmo 130:6).

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

miércoles, 10 de abril de 2013

Llantos en la noche (Éxodo 12:29-30)



No hay más Dios que yo; Dios justo y Salvador; ningún otro fuera de mí. Mirad a mí y sed salvos todos los términos de la tierra.
El que no creyere, será condenado.
Isaías 45:21; Marcos 16:16

Era una noche solemne en el antiguo Egipto (aproximadamente 1400 años a. C.). De los palacios como de las chozas salían gritos y sollozos. En todas las casas del gran imperio se estaba ejecutando el juicio anunciado por Dios: todos los primogénitos de las familias egipcias debían morir. ¿Por qué? Porque el faraón y su pueblo no querían obedecer a Dios. Cuando Dios habla, cuando nos advierte, hay que escucharle y obedecerle. Esas familias no creyeron y por ello no escaparon al juicio de Dios.
Igualmente hoy Dios advierte a los hombres: “El que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios” (Juan 3:18).
Evoquemos otra noche, la más oscura de la historia. En un huerto cerca de Jerusalén Jesús estaba orando. Su súplica subía hacia Dios “con gran clamor y lágrimas” (Hebreos 5:7). Tres veces el Hombre perfecto, el santo Hijo de Dios, pidió a su Padre que el sufrimiento expiatorio de la cruz, que para él implicaba ser abandonado por Dios, le fuese retirado. Pero añadió: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Los pecados tenían que ser castigados y Dios tuvo que herir a Jesús, a aquel que por nosotros se había hecho pecado (2 Corintios 5:21). Si Jesús no hubiese sufrido en nuestro lugar el juicio de Dios, seríamos nosotros quienes, debido a nuestros pecados, lo hubiésemos sufrido. Jesús murió por nosotros; y Dios, perfectamente satisfecho con la obra cumplida por su muy amado Hijo, lo resucitó y lo elevó a la gloria. Ahora asegura su perdón a todos los que creen en Cristo.

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

domingo, 5 de junio de 2011

LA LUZ QUE BRILLA EN LA NOCHE

Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra.

Salmo 121:2



No temáis; estad firmes, y ved la salvación que el Señor hará hoy con vosotros.

Éxodo 14:13

La laringitis es una inflamación repentina de la laringe, lo cual dificulta la respiración. En los niños pequeños produce un ruido impresionante y puede causarles asfixia. En caso de urgencia se recomienda actuar así: hacer que el niño respire aire fresco y húmedo, darle un remedio adaptado a su necesidad y, ante todo, tranquilizarlo para evitar que el pánico agrave su estado. Mi hijo, de cuatro años ha sido llevado varias veces al servicio de urgencias debido a esa enfermedad. La última noche que tuvo una crisis, cuando esperábamos la llegada de la ambulancia en el frescor de la calle, el niño se tranquilizó en cuanto vio en la falda de la colina la luz azul de la ambulancia. Su respiración empezó a relajarse.
Del mismo modo, cuando estemos turbados y abatidos, miremos al Señor Jesús, quien dijo: “Mi paz os doy” (Juan 14:27). A través de un pasaje bíblico, mediante las palabras de un creyente, por la solución a un problema o cualquier otro detalle de nuestra vida en lo cual vemos la mano celestial, el Señor enciende luces azules en la noche para animarnos a seguir adelante. Nos recuerda que él se ocupa de nosotros. Pronto no sólo enviará su auxilio, sino que él mismo vendrá a buscar a todos los que le conocen como su Salvador, y los llevará para que estén siempre con él. Ése será el día de la Redención: “No se turbe vuestro corazón… vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Juan 14:1, 3).


© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)