martes, 26 de abril de 2011

SATANAS Y EL CREYENTE

Tú por la fe estás en pie. No te ensoberbezcas, sino teme.

Romanos 11:20



En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos.

Salmos 73:2

No subestimemos el poder de Satanás; él no pierde el tiempo. Satanás recorre la tierra y anda por ella (Job 1:7). Él es, según las diferentes situaciones, como un león que anda alrededor nuestro “buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8), o como la serpiente que seduce con sutileza (2 Corintios 11:3). También lanza “dardos de fuego” a los redimidos del Señor (Efesios 6:16).
Su presa preferida es el hombre fiel a Dios. Ejemplo de ello son Job, hombre “perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:1), David, el amado del Señor (1 Crónicas 21:1), y el mismo Señor Jesús, quien soportó sus ataques durante cuarenta días.
El poder de Satanás es real. ¿Qué hacer ante un enemigo tan temible? “Resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo” (1 Pedro 5:9). “Resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7). Cuando seamos atacados, defendámonos con la Palabra de Dios (Efesios 6:11).
Satanás también “se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14). Hoy en día, a veces, sin esconderse, trata de ofrecer placeres engañosos o intimidar a los demás y hacer que se le obedezca.
Jesús lo llama “el príncipe de este mundo”. Satanás utiliza al mundo para seducir a los creyentes e incitarlos a hacer el mal. Pero el Señor dijo a los suyos antes de subir al cielo: “Confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).


© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

lunes, 25 de abril de 2011

¿QUE ES SER UN CRISTIANO?

(Jesús dice:) De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

Juan 3:3


Gran número creyó y se convirtió al Señor… y a los discípulos (de Cristo) se les llamó cristianos por primera vez en Antioquía.

Hechos 11:21-26

Algunos piensan que un cristiano es alguien que fue bautizado. Otros dirán que uno es cristiano cuando se esfuerza en obedecer los mandamientos de la Biblia. Otros incluso creen que ser cristiano significa ser miembro de una iglesia.
Pero el método más seguro para encontrar la respuesta exacta es buscarla en la Biblia, que es la Palabra de Dios.
Cuando estuvo en la tierra, Jesús dijo a Nicodemo, un jefe de los judíos: “Os es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:7).
Por lo tanto, no me convierto en cristiano adhiriéndome a un sistema religioso, o simplemente cambiando de comportamiento. Más bien, me convierto en un cristiano (que quiere decir «de Cristo») reconociendo que soy pecador y aceptando que Jesucristo llevó en mi lugar, en la cruz, el juicio que yo merecía por mis pecados. A partir de ese momento Jesús, el Hijo de Dios, pasa a ser mi Salvador personal, y me convierto en un cristiano, es decir, he nacido de nuevo.
El nuevo nacimiento significa un nuevo comienzo. Al pasar a ser un cristiano, y al ser consciente de cuánto me amó Dios al dar a su Hijo por mí, ya no puedo vivir como antes.
¿Ha nacido usted a esta nueva vida de Dios?


© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

domingo, 24 de abril de 2011

¿SALVOS O PERDIDOS?

Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.

Efesios 2:8-9



Al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.

Romanos 4:5

¿Salvos o perdidos?

Si hay algo de máxima importancia es nuestra condición ante Dios.
¿Cómo unos seres culpables y tan limitados podrían hacer lo suficiente para apaciguar a un Dios ofendido y conseguir sus favores? ¡Es imposible! Pero no es casualidad que la palabra «evangelio» signifique «buena nueva», pues Dios es un Dios de gracia y ofrece la reconciliación gratuitamente.
Dios es aquel que da, que ama y que, como es Dios, no pide nada a cambio. La gracia es por definición una acción gratuita. Lo único que hay que hacer es aceptarla y agradecer a Dios por ese regalo. ¿Le parece demasiado sencillo? Querer hacer algo para obtener la salvación significa vivir en la insoportable angustia de no haber hecho lo suficiente y encerrarse en una serie de reglas que uno cree que son fuente de salvación. De este modo uno niega el Evangelio de la gracia, el poder ilimitado del amor del Dios Salvador, y rehúsa creer en la veracidad de sus promesas.
Sin embargo, ¡Dios nos ama! Él demostró que somos pecadores: “No hay justo, ni aun uno”. “Todos pecaron” (Romanos 3:11, 23). Pero su amor se desplegó en la cruz cuando su Hijo llevó el castigo que nuestras malas acciones merecían. El precio que Jesucristo pagó es lo que le permite a Dios perdonarnos. ¡Me salva por pura gracia!


© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

sábado, 23 de abril de 2011

2º MANDAMIENTO: NO TENDRAS IDOLOS

No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás.

Éxodo 20:4-5

Este segundo mandamiento es la consecuencia lógica del primero: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Éxodo 20:3). Si se debe reconocer a Dios como único Dios, también sólo él debe ser adorado. Dios, quien es espíritu, ¿Podría ser reducido a cualquier representación material de su persona, es decir, a una imagen o a una estatua de madera o de metal? La Biblia recuerda qué es un ídolo: “Los ídolos de ellos son… obra de manos de hombres. Tienen boca, mas no hablan; tienen ojos, mas no ven; orejas tienen, mas no oyen...” (Salmo 115:4-8). Adorar a esos objetos es una ofensa a Dios. El culto a las imágenes fue muy practicado en Egipto, donde los hebreos permanecieron varios siglos; la idolatría también reinaba en Canaán, adonde iban estos mismos hebreos a quienes Dios dirigía su ley.
Hoy, ¿Qué decir de la popularidad de ciertos objetos a los cuales se les atribuye el poder de proteger y dar buena suerte? A parte de eso notamos una especie de «divinización» de ciertas celebridades. Además, los placeres, el dinero, las distracciones, el juego, etc., logran dominarnos de tal modo que pueden transformarse en «ídolos».
“Huid de la idolatría” (1 Corintios 10:14). Sí, Dios exige exclusividad, pues aborrece toda forma de idolatría. Se reveló en Jesucristo como un Dios directamente accesible. Todo aquel que se acerca a él con humildad y sinceridad puede orar y adorarle sin necesidad de intermediarios.

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)