lunes, 17 de diciembre de 2012

DIOS NOS LLAMA



Nuestro Salvador… quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad.
1 Timoteo 2:3-4


Vuélvete a mí, porque yo te redimí.
Isaías 44:22

Quizás usted diga: ¡Nunca he escuchado el llamado de Dios! Sin embargo, Dios habla de diferentes maneras.  Cuando usted se pregunta sobre el sentido de la vida, en momentos claves de su existencia, cuando permanece sin palabras ante el milagro del nacimiento, o cuando sobreviene la muerte de un ser querido, ¿no es ese un llamado de Dios? La experiencia de la soledad y el pensamiento tenaz de que la vida no se limita al día a día nos invitan a volvernos a Dios.
¿A qué nos llama Dios? A ir a Jesús.  Por cierto, Jesús ha dejado de recorrer los caminos de Judea y Galilea, pero está vivo y presente en nuestros pensamientos cuando leemos los evangelios con fe.  Por lo tanto, conviene leerlos para encontrar a Jesús; o más bien, para que él se revele a nosotros.
En los tiempos en que Jesús anduvo en esta tierra, muchos en Israel pudieron escuchar sus palabras y constatar su preocupación por los pobres, los desdichados, los niños… Sin embargo, no todos creyeron en él.  Vieron sus milagros, se beneficiaron de ellos, y luego los olvidaron.  Cuando algunos abandonaron al Señor, Pedro, en un impulso de fe, contestó a Jesús: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68).  Usted también puede pasar por la experiencia que tuvo Pedro, yendo a Jesús por la fe, mediante la oración, diciéndole desde el fondo de su corazón: «Señor, vengo a ti».


© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

domingo, 16 de diciembre de 2012

LEA EL LIBRO DE DIOS



Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.
Apocalipsis 1:3


Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley.
Salmos 119:136


Ocúpate en la lectura.
1 Timoteo 4:13

El profeta Jeremías acabó su servicio durante los reinos de los últimos reyes de Judá, quienes hicieron “lo malo ante los ojos del Señor” (2 Reyes 23:32; 24:9, 19).  Exhortaba al pueblo de Israel a arrepentirse y a volverse a Dios.  Pero nadie lo escuchó y Jeremías fue encarcelado.  Dios lo visitó allí y le ordenó que escribiese en un rollo las palabras que Él le decía.  En su celda, Jeremías dictó el mensaje de Dios a Baruc, su secretario, y le pidió que lo leyese al pueblo, a los príncipes y al rey (Jeremías 36).  Cuando el rey oyó esas palabras, rompió y quemó el rollo, y exigió que le entregasen a Jeremías y a Baruc.  Pero Dios los escondió.  Entonces Baruc escribió un segundo rollo anunciando el mismo juicio, que no tardó en caer sobre el pueblo y los reyes infieles.
Siglos más tarde, encadenado en Roma, el apóstol Pablo pudo decir: “La palabra de Dios no está presa” (2 Timoteo 2:9).  En la cárcel escribió cartas que forman parte de las Escrituras y que leemos con interés.
Los hombres pueden quemar la Biblia, pero no impedirán que Dios cumpla sus propósitos revelados en ella.  Jesús dijo: “El que… no recibe mis palabras… la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero” (Juan 12:48).  ¿Somos de los cristianos que leen la Biblia y le prestan atención?

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

lunes, 10 de diciembre de 2012

UN SALVADOR PERFECTO


Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate.
Salmo 49:7


En ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre (aparte del de Jesús)… en que podamos ser salvos.
Hechos 4:12

Cristo es un Salvador perfecto. Salva completamente a los que se acercan a Dios por medio de él (Hebreos 7:25). Alguien que diga que uno se gana la salvación mediante acciones u obras, quita el valor de la obra de la cruz y la despoja de sus virtudes. Si la salvación dependiese de lo que somos o de lo que hacemos, estaríamos inevitablemente perdidos. La paz que el Evangelio nos da no descansa en parte en la obra de Cristo y en parte en la obra del hombre, sino total y únicamente en la obra de Cristo.
Muchas personas son como aquel intérprete de la ley que preguntó un día a Jesús: “¿Haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?” (Lucas 10:25). El hombre, incluso si reconoce que está perdido, quiere participar en su salvación y no deberla totalmente a otra persona, pero ahí está su error. Será salvo única y exclusivamente por el sacrificio de Cristo. La Biblia dice que estábamos “muertos en pecados” (Efesios 2:5). ¿Puede un muerto hacer algo para volver a la vida? No, así podemos agradecer a Dios de que nos haya amado tal como éramos y que enviase a su Hijo a “buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10).
Amigos lectores, Dios no exige nada de ustedes. Lo único que pide es que se arrepientan y acepten simplemente el perdón de sus pecados mediante la fe en Jesucristo: “En ningún otro hay salvación”.

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

jueves, 6 de diciembre de 2012

ESCUCHAR Y TESTIFICAR



(Dios declaró acerca de su Hijo:) Este es mi Hijo amado; a él oíd.
Marcos 9:7


(Jesús dijo a sus discípulos:) Me seréis testigos.
Hechos 1:8

En casa, para saber la hora, sólo teníamos un viejo reloj en la cocina.  Cada semana era necesario actualizarlo y subir los contrapesos.  Para ello mi madre me enviaba a preguntar la hora a nuestros vecinos que vivían en una granja a unos cien metros.  Recuerdo el orgullo que sentía al volver a casa y poder decir la hora sin equivocarme… incluso si ésta cambiaba cada segundo.  ¡Para no olvidarme de ella la repetía en voz alta durante todo el camino!
Esta simple alegría infantil puede evocar la del creyente, quien conoce la buena nueva de la salvación mediante la fe en Jesucristo y se da prisa para darla a conocer a los demás.  Ésta, ¿no es acaso la misión confiada a cada creyente? Los discípulos del Señor fueron enviados al mundo para ser sus testigos y hablar de él.  Pero sólo pudieron hacerlo después de haberlo escuchado y seguido.
Si usted halló en Jesús el verdadero tesoro de la vida eterna, ¡no lo guarde para sí mismo! “Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15).
Amigos creyentes, todo lo que hagamos, por modesto que sea, todo lo que podamos hacer para nuestro Maestro, tiene su origen en lo que recibimos de él, en ese amor que “ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos 5:5).  Sólo
podemos dar lo que hemos recibido.

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

miércoles, 5 de diciembre de 2012

LAS SEÑALES DE LOS TIEMPOS (2 Timoteo 3:1-5)



En los postreros días vendrán tiempos peligrosos. Porque habrá hombres amadores de sí mismos… aborrecedores de lo bueno… amadores de los deleites más que de Dios.
2 Timoteo 3:1-4

El ser humano, desde la caída de Adán y Eva, siempre ha querido liberarse de las obligaciones y de la autoridad.
Hoy más que nunca la sociedad quiere liberarse de las reglas morales divinas.  Piensa que de este modo puede acceder a lo que ella cree que es la libertad, pero que en realidad es la esclavitud del pecado.
La palabra pecado está definida por Dios en la Biblia: desobediencia, rebelión, mentira, idolatría, impureza, etc.
En nuestros días constatamos un inquietante progreso del mal, sobre todo en el ámbito de las costumbres y del comportamiento social.  La pretendida libertad sexual, ahora abiertamente defendida, despliega su estela de desórdenes y depravaciones.  Numerosos padres renunciaron a transmitir a sus hijos los valores morales que ellos mismos abandonaron.  Este abandono de la educación conduce a los jóvenes a ser cada vez más agresivos y violentos.
Cristianos, nuestra época es difícil.  Velemos para no acostumbrarnos al mal y para evitar que nuestra conciencia se debilite.  El Señor nos deja en el mundo, pero como si no fuésemos del mundo, para que seamos sus testigos.  Por lo tanto, no participemos “en las obras infructuosas de las tinieblas” (Efesios 5:11).  Los tiempos pasan, pero las verdades de la Palabra de Dios no cambian: “Aborreced lo malo, seguid lo bueno” (Romanos 12:9).

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

martes, 4 de diciembre de 2012

UN TESORO EN POMPEYA



Ni su plata ni su oro podrá librarlos en el día de la ira del Señor.
Sofonías 1:18


Vuestras riquezas están podridas, y vuestras ropas están comidas de polilla. Vuestro oro y plata están enmohecidos.
Santiago 5:2-3

Al excavar en las ruinas de Pompeya, ciudad de Italia que quedó sepultada bajo las cenizas del Vesubio en el año 79, se encontró el cuerpo de una mujer que tenía las dos manos llenas de joyas: pulseras, collares, anillos y un par de pendientes.  Los expertos aseguran que estas joyas son notables muestras de la orfebrería de aquella época.
Podemos imaginarnos a esa mujer, al ver acercarse el peligro, correr para salvar lo más precioso que tenía, y luego quedar asfixiada antes de ser recubierta por una lluvia de cenizas.  ¡Cuán impresionante es aún hoy, diecinueve siglos después de la catástrofe, ver un tesoro casi intacto al lado de un cuerpo sin vida!
Hoy igualmente, parece que millones de personas tienen como único objetivo la preservación de sus bienes terrenales.  Hasta el último respiro se aferran a lo que poseen.  Los bienes quedarán, pero las personas pasarán.  Su cuerpo será enterrado, y su alma, ¿dónde estará?
Un día no muy lejano una catástrofe mucho más terrible vendrá sobre el mundo entero.  El Cristo rechazado aparecerá como vencedor para ejecutar los juicios anunciados.  Aquellos que hayan amontonado riquezas y hayan vivido sin Cristo serán despojados de todo, para siempre, y serán reservados para las tinieblas eternas.
Sólo Jesucristo puede darnos la verdadera riqueza, la cual podemos llevar con nosotros más allá de la muerte.  ¡Es la vida eterna!

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)