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miércoles, 27 de marzo de 2013

¿QUE PASA DESPUES DE LA MUERTE?



La Biblia finaliza con una solemne advertencia a todo aquel que añada o quite algo a las palabras de este libro (Apocalipsis 22:18-19). No nos es permitido alterar su sentido para satisfacer nuestros propios sentimientos o razonamientos.

       Una verdad que molesta a mucha gente es lo que sucede con el alma después de la muerte. La Escritura es muy clara respecto a este asunto: el alma del creyente va a Jesús y goza de la felicidad de estar en su presencia. Espera la resurrección del cuerpo para experimentar una felicidad aún mayor y eterna (Filipenses 1:23). Contrariamente, el alma del incrédulo va lejos de Dios y experimenta el tormento (Lucas 16:19-31) mientras espera la resurrección del cuerpo, el juicio que le seguirá y la justa condenación en los tormentos eternos.

       La Palabra de Dios es categórica: hoy, mientras vivimos en la tierra, es el día de salvación. El mañana no nos pertenece. “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados” (Mateo 9:6). Después de la muerte no hay salvación posible; el evangelio de Lucas nos lo confirma: existe un gran abismo entre el lugar donde están los creyentes y el lugar donde se hallan, lejos de Dios, los que no creyeron (Lucas 16:26).

       Dios nos dice además: “Os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas” (Deuteronomio 30:19).

domingo, 10 de febrero de 2013

La resurrección (2): La muerte de Jesucristo



Cuando llegaron al lugar llamado de la Calavera, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Lucas 23:33

Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró.
Lucas 23:46

Los hechos relatados por la Biblia con respecto a la muerte y a la resurrección de Jesucristo se encuentran en los cuatro evangelios escritos antes del final del primer siglo por testigos de estos acontecimientos.  Éstos pueden resumirse en tres puntos:
1. Jesús fue crucificado y murió en la cruz.
2. Fue sepultado en una tumba, la cual seguidamente fue sellada y custodiada.  Esa tumba quedó vacía tres días más tarde.
3. Apareció vivo a numerosos testigos, quienes creyeron en su resurrección y la proclamaron.
Examinaremos esos tres puntos empezando por la muerte de Jesús.  Los evangelios relatan, con mucha sobriedad, la crucifixión de Jesús y su muerte en la cruz del Gólgota.  Más o menos al cabo de seis horas de crucifixión, y después de haber clamado a gran voz, Jesús “entregó el espíritu” (Mateo 27:50; Juan 19:30), “expiró” (Marcos 15:37; Lucas 23:46). Numerosos testigos asistieron a esa muerte: un centurión romano, acostumbrado a ese tipo de suplicios, quedó tan impresionado por la muerte de Jesús, que declaró: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39); unas mujeres que habían seguido y servido a Jesús durante los tres años de su ministerio (Marcos 15:40-41); Juan, el discípulo, dio testimonio que uno de los soldados romanos “le abrió el costado con una lanza” (Juan 19:33-34).

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

jueves, 7 de febrero de 2013

BUSCABA LA MUERTE Y RECIBI LA VIDA



Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.
Romanos 5:6


Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo.
1 Juan 5:11

«Huérfano de padre y abandonado por mi madre a la edad de dos años, me llevaron a un orfanato.  La educación severa que recibí, sin ningún amor, no hizo más que amargarme y hacerme rebelde.  A los dieciocho años, mayor de edad y libre, al fin pude vivir como quería y disfrutar al máximo de todos los placeres.  El alcohol, la droga y el desenfreno me llevaron a lo más bajo de la sociedad.  Acabé en la cárcel y luego en la calle, en donde durante veinte años viví en la miseria y sin esperanza alguna.
Fue entonces cuando un día un creyente me ofreció un Nuevo Testamento, cuya lectura no me aportó ninguna serenidad.  Sin embargo, los textos que hablaban de un Dios de amor quedaron grabados en mi memoria.  Traté, sin resultado, de buscar a ese Dios en las iglesias y las peregrinaciones.  Desanimado, me hundí aún más en la droga y el alcohol. Lo único que deseaba era la muerte, por eso traté de suicidarme.
Pero un día que nunca olvidaré, todo cambió.  Mientras mendigaba en la calle, dos jóvenes se acercaron a mí y me hablaron de Jesús el Salvador, única persona capaz de sacarme de la miseria.  Ése fue el punto de partida de mi nueva vida.  Todo mi pasado estaba ahí, ante mí, negro como el carbón.  Pero Dios, mediante su Palabra, me daba a conocer su perdón y su amor perfecto en Jesucristo.  Desde ese día sé que me ama y no ha dejado de demostrármelo».
Frédéric
“¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro” (Romanos 7:24-25).

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

lunes, 5 de noviembre de 2012

DESPUES DE LA MUERTE



Esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya.
Filipenses 3:20-21

Me gusta visitar el pequeño cementerio de mis antepasados, acercarme a la tumba de mi esposa.  Leo el versículo grabado en la lápida: “El Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).  Ahí, a su lado, si el Señor Jesús no viene antes, mi cuerpo también descansará.  Me parece oír lo que los ángeles dijeron a las mujeres que fueron a la tumba de Jesús: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?” (Lucas 24:5).  ¡Qué maravillosa revelación!
Nuestros seres queridos, muertos en la fe, ya no están ahí.  Lo único que queda es un cuerpo descompuesto.  Su alma se fue al cielo y se halla junto a Jesús.  Para el creyente, morir significa estar con Cristo, “lo cual es muchísimo mejor” (Filipenses 1:23).  “Más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor”, escribió el apóstol Pablo (2 Corintios 5:8).  Por lo tanto, no seamos egoístas; pensemos más bien en la felicidad de nuestros amados que en nuestra tristeza.
Sin embargo, Dios salvará nuestro cuerpo al igual que salvó nuestra alma.  Llegará el día en que Jesús, viniendo en las nubes, llamará a todos los que ha rescatado.  Revestidos de cuerpos glorificados, iremos al encuentro del Señor, quien nos introducirá en la casa del Padre.
El destino del incrédulo es muy diferente.  Al morir, su alma no irá junto a Jesús, y cuando resucite, será para escuchar su condenación pronunciada por aquel cuyo amor despreció.

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

viernes, 2 de noviembre de 2012

EL TRIUNFO SOBRE LA MUERTE



Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.
1 Juan 1:5


Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana.
Apocalipsis 22:16


Buscad al Señor y vivid… al que hace las Pléyades y el Orión, y vuelve las tinieblas en mañana, y hace oscurecer el día como noche.
Amós 5:6-8
Un creyente había pasado por una larga enfermedad.  Durante ese periodo de sufrimientos su fe nunca se debilitó.  La enfermedad iba a acabar con su vida, pero nuestro amigo tenía una seguridad: iba a pasar de este mundo de sufrimientos a la presencia llena de gozo de su Señor.
Con el último suspiro su alma dejó su cuerpo mortal para ser recibida en el paraíso.  Jesús, el único que pudo atravesar la muerte, victorioso, lo recibió.  Así ocurre con todos los que han creído en su sacrificio en la cruz.
No podemos ver a Cristo, pero él brilla por la fe en los que le pertenecen.  Quienes ya están en su presencia contemplan esa luz en la que vivirán eternamente.  Los que durante su paso por la tierra no conocieron la luz divina que da la vida a los que creen, estarán en las tinieblas de la muerte para siempre.  “La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella” (Juan 1:5).
Deje que esa luz traspase el velo de sus dudas, o quizá de su incredulidad.  Ella lo iluminará de la vida divina por toda la eternidad.  El Señor Jesús dijo: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas” (Juan 12:46).

© Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)